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El terremoto de 1985 en la Ciudad de México, que cimbro el corazón de los mexicanos

Por Antonio Domínguez

A veces es necesario un terremoto que sacuda desde lo profundo, para que cambien algunas cosas en nuestros corazones. Así ocurrió en el temblor de 8.1 en la escala de Richter, que ocurrió el 19 de Septiembre de 1985 en la Ciudad de México.

Las personas corren por el derrumbe de un edificio por el terremoto del 1985 (imagen: Sergio Dorantes-Sygma/corbis)

Al comienzo del día en la mañana, empezarón a crujir las casas y edificios tanto en la Unidad Habitacional Tlatelolco (UH Tlatelolco)  como en la colonia Roma, y así como en toda la ciudad. Algunas construcciones  se derrumbaron, dejando una estela de sorpresa y horror ante lo ocurrido. La ciudad se colapsó, no hubo transporte público, sin electricidad por unas horas, y algunas vialidades fueron cerradas por los edificios derrumbados.

Avenida eje central bloqueada por los restos de edificios derrumbados (Imagen. El universal.com)

Mucha gente no pudo llegar a sus empleos y actividades, y tuvieron que caminar varias horas para regresar a sus hogares. Fue después del derrumbe de varias construcciones, que se escucharon los gritos de los supervivientes. En esos momentos vecinos por iniciativa propia empezaron a organizar las actividades de rescate.

Rescatando a las victimas (Imagen. Omar Torres/Sopitas)

Para los habitantes fuera de la capital del país -en aquellos años- los capitalinos les parecían fríos e indiferentes a los demás. Los capitalinos cambiaron su actitud y trataron de ayudar en lo que se pudiera, sin esperar que actuara el gobierno, organizaron grupos para sacar de los escombros a las personas sobrevivientes.

En un relato de un médico registrado en el periódico La Jornada, señala: “Eran cientos de vecinos ayudando. Una cosa muy hermosa fue que se formaron cadenas humanas, los que estaban adentro de los escombros llenaban las cubetas para abrir camino a donde se oían las voces y las pasaban de mano en mano. Es increíble, pero media hora después del sismo ya se tenía una organización”.

Los soldados y policías acordonaban los  lugares pero eso fue lo único que se vio del gobierno, azorado por lo que había ocurrido, hasta después de dos o tres días actuaron las instancias gubernamentales. Por lo que la población tomo el control de las actividades y organización del rescate, de la repartición de víveres en albergues improvisados para los damnificados.

Fueron miles los que trabajaron como voluntarios en brigadas en salvamentos (de aquí surgió el grupo internacional de rescate de  “Los Topos”) y en los albergues para los damnificados. El escritor todavía recuerda, como se unió a una brigada en estas actividades (estaban cerradas las escuelas y universidades) donde muchachos veinteañeros fueron reclutados como voluntarios, y en un piquete de rescate enfrente de edificios de la UH Tlatelolco. Me viene la escena, de eso, como un cuadro surrealista con un edificio peligrosamente inclinado y otros cercanos derrumbados  (y cierto caos alrededor) con un grupo de muchachos formados en línea casi marcialmente, esperando instrucciones.

Héctor Méndez (el “chino”), uno de los fundadores de Los Topos (Imagen Wikipedia)

Alcance escuchar la historia de uno de ellos, había perdido a toda su familia y estaba tan triste que tal vez para evitar el dolor,  se había unido y no le importaba donde lo mandaran. A mí con otro grupo me mandaron al Hospital Juárez -era todo ruinas- caminábamos con cuidado sobre las columnas y lozas de concreto, entre las varillas retorcidas, tratando de detectar sobrevivientes. No importaba el origen social todos participaban y la tarea asignada era bien tomada.

La solidaridad entre las personas surgió, y eso fue lo positivo, que las personas pudieran hacer a un lado sus diferencias y ver el dolor de los demás; fue el surgimiento de la compasión.

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