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El despertar del héroe

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Por José Pablo López

Al principio fue paz y tranquilidad. Pese a que por supuesto, sabía de modos más cómodos de despertar, no estaba nada disconforme y disfrutaba cada amanecer con el sol alzándose lentamente sobre el horizonte azul del océano, cómo renunciando, a regañadientes, a los brazos de su amante.

Claro que le hubiera gustado, ya entonces, disfrutar de otros sonidos que rompieran la monotonía del alba; pero no se quejaba, en absoluto, del arrullo impecable y nítido con que el oleaje matutino lo invitaba a iniciar la jornada.

En aquellos días, disfrutaba sus caminatas, que empezaban en la playa hasta donde se alzaba el acantilado, para luego internarse en la frondosa selva que lo recibía con aspavientos y lo engullía. Ciertamente, hubiera preferido alternar paisajes y travesías, pero las opciones, aunque pocas, sabían de maravillas.

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Ya en aquellas épocas lejanas conseguía abstraerse de todo y llenarse el alma a esa hora en que se funden los contornos y el sol retorna, presuroso, al mar que lo acoge, amante, brumoso, desafiante.

Así pasaban los días, rodeado de mar, de sal, de nada.

Pero poco a poco el mismo sol que antes lo maravillaba, se fue transformando en un perseguidor permanente, voraz, insistente; un violador de su intimidad, un testigo certero de cada uno de sus momentos.

El antiguo rumor que acunaba su descanso y guardaba sus sueños se fue desvirtuando, al influjo de desconocidas constelaciones, en voces amenazantes y rumores oscuros que lo fueron quebrando, noche a noche, grito a grito.

La selva, generosa en otros tiempos, le fue cerrando caminos y mezquinando deleites; encierro, ahogo, desazón se tornaron, paulatinamente, en sus frecuentes compañeras. La desesperación le fue ganando el corazón cada vez, más destrozado.

Sobrevino finalmente, la noche de la epifanía en la que la gran tormenta desgarró los cielos, liberó los vientos y azuzó los miedos. Designios insondables de dioses aburridos y traviesos o quizás destinos caprichosos e indolentes le despertaron, un día, deseos inabarcables, antojos imposibles, ambiciones inalcanzables.

Y todo le resultó poco y lo poco le sabía a nada; abrió los ojos y contempló, con desencanto, su entorno. Se percibió desnudo y lloró amargamente su suerte: fue el instante en que se supo humano.

Así deambula, aún hoy, nuestro héroe después de siglos desgastados, de universos recorridos y lágrimas vertidas; aún hoy marcha sumido en la angustia de quien se sabe incompleto o peor, inacabado; aún hoy arrastra su destino incierto, añorando aquella época en que aún con aire conformista, resignado o abandonado, creía que la felicidad despertaba con él, cada mañana.

Sobre el autorJosé Pablo López, 57 años, Doctor en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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