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Culturarte

El Parque

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Por José Pablo López

Nunca supe cómo comenzó y, ciertamente, el final aún está lejos de llegar.

Apenas recuerdo aquella tórrida tarde de viernes al final del cuatrimestre -parece que fue hace un millón de años. Los pasillos de la facultad estaban, como siempre en esta época del año, alborotados por alumnos que iban y venían, frenéticamente, mezclando voces, gritos y cuchicheos con la tensión de los exámenes finales.

A la incomodidad del calor húmedo y sofocante que se colaba por la ventana y a la certeza que no llegaría con el manuscrito de mi tesis a la fecha prometida, se sumaba el alboroto que atravesaba la puerta y amenazaba con acabar con el resto de cordura y calma que aún conservaba.

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Una risa estridente me crispó los nervios y cerré los ojos involuntariamente mientras apretaba mis puños contra mis sienes. Mi primera reacción fue la de levantarme y callarlos de mala manera pero, mientras abría la puerta de muy mal talante, escuché que esa risa se había transformado en un llanto feliz por haber aprobado su examen.

Volví sobre mis pasos y opté por refugiarme, como otras veces, en la solitaria hemeroteca del Instituto que, estratégicamente, se encuentra en el subsuelo del edificio viejo, alejado de las aulas y el bullicio de los estudiantes: allí podría concentrarme y quizás avanzar con mi trabajo.

Abrí la puerta principal, maldiciendo por la poca iluminación del pasillo que conducía a la sala de lectura y, por supuesto, me llevé por delante uno de los paneles que ambientan el lugar.

Elegí mi sitio preferido, al fondo de la sala, esparcí mi material de lectura y encendí mi notebook; casi instantáneamente recordé que la cafetera estaba descompuesta y pensé en volver a mi gabinete a buscar la mía, pero ya había perdido demasiado tiempo, así que me resigné a pasar el resto de la tarde en abstinencia.

Sin embargo, a poco de retomar el ritmo de trabajo, comencé a sentir un fuerte dolor de cabeza, con una intensidad creciente, que pronto se hizo insoportable; un zumbido agudo taladraba mi cerebro y una coreografía de luces brillantes apagaron mi conciencia en un instante.

Perdí la noción del tiempo y para cuando desperté ya era de noche. Debí haberme desmayado un buen par de horas -pensé, aún atontado. Aunque el calor no cedía -por el pequeño ventiluz sólo entraba oscuridad-  me apresure a subir, alarmado, en busca de Julián antes que apagara las luces y me dejara encerrado.

Obviamente, otra vez me llevé el panel por delante, pero esta vez, el pobre terminó tumbado en el suelo. -Me recibió el silencio sepulcral del pabellón de aulas y de los gabinetes que contrastaba claramente con la bulla de hace unas horas.

Los pasillos estaban desiertos y el ordenanza no respondía a mis llamados, moderados al principio y casi desesperados después, cuando comprobé que las puertas de salida de la Facultad estaban cerradas y mi celular -una vez más- se había quedado sin batería.

Estaba sólo y encerrado; tenía todo el fin de semana por delante y a nadie le extrañaría mi ausencia, porque quienes me conocían sabían que por esos días estaría dedicado, cien por ciento, a mi tesis.

Sin embargo, había algo extraño en el ambiente, que en ese momento no podía identificar pero que podía intuir, quizás en el aire rancio que respiraba o en el sabor amargo que parecía adherirse a mi boca. El silencio tenía una densidad propia y presentía que no estaba sólo.

Aún hoy me sorprende que mi reacción inicial no haya sido de pánico y que no me hubiera desesperado ante una situación que comenzaba a sentir anormal.

“Estaba atrapado y con miedo, y no había nadie ante quien fingir una valentía que no poseía”.

Volví a mi oficina, con pasos vacilantes y, al girar la perilla de la puerta advertí mis manos transpiradas; mi respiración empezaba a parecerse a un jadeo nervioso e intenté mirar por la ventana que, pese a estar en un segundo piso, era mi único contacto con el “exterior”; pero no hubo caso, no conseguí correr la celosía por más esfuerzos que hacía: cierto que solía darme trabajo, pero nunca se había atorado de esta manera.

Finalmente me resigné y me dirigí a las áreas de aulas y de administración, tratando de abrir cada puerta de gabinetes y oficinas, infructuosamente. Nada. Todo cerrado, a oscuras y en silencio, un silencio que comenzaba a aturdirme.

Los nervios comenzaron a dominarme y el dolor de cabeza recrudeció con más intensidad; el ritmo alocado de mis latidos parecían prevenirme de un peligro que aún no se manifestaba fácticamente. Me derrumbé contra la pared y creo que hasta comencé a sollozar.

Estaba atrapado y con miedo, y no había nadie ante quien fingir una valentía que no poseía. De pronto, un estruendo fortísimo, como un crujido robusto, poderoso, me devolvió la lucidez. Me incorporé de un salto y corrí hasta la puerta que comunica con el parque. Tenía que escapar de allí y debía hacerlo en ese instante.

Los edificios de docencia -donde yo estaba- y el de investigación, estaban en la misma manzana, pero separados por el Parque de Especies Nativas, conocido coloquialmente por quienes frecuentábamos esta geografía, simplemente, como “el parque”.

Se trata de un espacio verde donde una multiplicidad de especies autóctonas se yergue orgullosamente, entre senderos que se bifurcan sinuosamente, confiriéndole al entorno una variedad de aromas y colores únicos y característicos. Cebiles, palos borrachos, lapachos y tarcos se destacan entre profusos helechos y enredaderas que, aunque solemos ignorar, enmarcan un paisaje de belleza extrema.

¿Solemos ignorar, dije? Solíamos, en todo caso.

Pensé que quizás en el otro bloque podía haber algún colega que se hubiera quedado también trabajando hasta tarde así que decidí dirigirme hacia allí. Ello significaría que probablemente, me estuviera volviendo loco pero, dadas las circunstancias, sería un mal menor.

Me pareció una alternativa más lógica y seria, que empezar a los gritos pelados o intentar escalar la tapia que delimita el terreno de la Facultad. Abrí sin dificultad la puerta y lo que vi me estremeció.

La tenue luz de la luna se filtraba trabajosamente, a través de un follaje que encerraba, como una cúpula gigante, la manzana de la Facultad.

Comencé a caminar, avanzando como en trance, dirigiéndome al otro edificio y pude observar que las tapias circundantes y los edificios, estaban cubiertas por una masa arbórea que parecía latir en cada nudo y crecía continuamente en ramas que se entrelazaban, ascendían y se interpenetraban.

Me pareció escuchar susurros, voces guturales e ininteligibles, que ocupaban el espacio que antes había dominado el silencio. Pero no estaba seguro, quizás era apenas el terror que desde hace un rato me acompañaba. Apuré el paso, perdiendo toda compostura y avancé a tientas por el espacio que alguna vez me fue tan familiar y ahora, la escasa y pálida luminosidad, contribuía a darle un aspecto inexplicablemente hostil.

Recuerdo que llegué a Investigación, sólo para descubrir que estaba completamente vacío, iluminado y en silencio, como en Docencia. Llamé a gritos y recorrí pasillos desesperadamente, sólo para comprobar que era la única persona en este universo verde y, a estas alturas, tenebroso.

Estaba sólo, pero no completamente sólo. Ya no dudaba que había una presencia que me observaba, una intensa sensación de desazón me oprimía el pecho y una oscuridad brumosa me acechaba desde cada rincón.

Escapando del aire cada vez más enrarecido del edificio, salí al parque una vez más y comprobé que el espacio bajo la cúpula se había reducido dramáticamente; ahora apenas una decena de metros separaba el piso de la masa amorfa, que marcaba el límite superior, y también los laterales se habían engrosado de modo tal, que apenas se distinguían los edificios bajo el manto vegetal.

Desesperado corrí sin dirección, por los senderos que aún se distinguían, las voces indefinidas y el rumor inconcebible se tornaban cada vez más penetrantes; corrí y corrí buscando una salida que presumía inexistente; tropecé con una raíz bulbosa que crecía en medio del camino y caí de bruces contra el tronco de lo que parecía haber sido alguna vez, un tarco; levanté la vista y reconocí facciones humanas incrustadas en una corteza negra y palpitante, como injertado; un rostro, deformado pero vivo, ensayó un largo y descarnado lamento, pero yo apenas atiné a alejarme, cobardemente, a trompicones.

Apenas pude levantarme y girar, pero el parque ya estaba encima de mí, demandándome. Pude reconocer, en ese instante aciago, cientos de otros rasgos desnaturalizados y plañideros, insertados en sendos troncos infames, apenas unos segundos antes de que un jacarandá ominoso me reclamara para sí.

Hoy soy parte de un Todo que aún no comprendo; no soy ni hombre ni árbol; ni parque ni humano y a la vez, soy todo ello y más.

No sé qué pasó, ni por qué, ni cómo y sin embargo siento que sé mucho más que nunca.

Sobre el autorJosé Pablo López, 57 años, Doctor en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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