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El profundo arcano

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Por: José Pablo López

Todo es para siempre

A veces, cuando me dejo llevar por la magia de este paisaje, en el que el cielo parece estar al alcance de los sueños y en el que siento que los cerros son parte de mi alma, intuyo, que somos sólo pasajeros de una vida que discurre entre dolorosas monotonías y que, cada tanto, nos regala la certeza de la esperanza.

Es casi mediodía y la niebla, densa e indiferente, se recuesta en el jardín. Apenas se distingue el pino que se recorta, fantasmalmente, en el centro del terreno y se adivina la existencia de un  portón, unos metros más allá.

Un silencio que desciende desde la montaña, envuelve al valle paternalmente. Una tímida luminosidad atraviesa el ralo follaje de los álamos, que se alzan, orgullosos y vehementes, en los lindes de la propiedad.

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El frío y la soledad, son socios y compinches, de un paisaje que, mansamente, se inunda de melancolía y se llena de recuerdos, que acuden en tropel.

Avanza el día y, con lentitud y desgano, el manto blanquecino comienza a retirarse; respondiendo, quizás, a un mandato atávico, se repliega hacia las quebradas quietas y distantes, que aguardan para cobijarlo.

El paisaje recupera, poco a poco, sus formas y su impronta: campos ondulosos, tapizados de verdes desteñidos y discontinuos, el desprolijo avance de los grateos invasores y el cauce caprichoso e intolerante del río, que serpentea como ausente, displicentemente.

Pero el silencio, profuso y continente, aún persiste, desgarrado cada tanto, por un ladrido distante, alguna risa breve y difusa, o el lejano rumor del viento jugando a las escondidas. Con él, un vacío teñido de tristezas, olvidos y desencuentros, se mantiene todavía atrincherado en lo más profundo de mi esencia.

Quizás, en este rincón del Universo, se conjugan arbitrarios designios de dioses moribundos, y la angustia primigenia, de sabernos efímeros y aceptarnos vulnerables.

Tal vez, después de todo, allí reside el agridulce encanto de una montaña, que esconde inverosímiles leyendas: nos mantiene atrapados por nuestra propia voluntad, en un instante de tiempo que no corre, donde el pasado atraviesa un presente inexistente, y reescribe, un futuro que nos aterra.

Aquí estamos retenidos sin deseos de liberarnos, mientras luchamos por despertar de un oprobioso y cómodo letargo, que nos mantiene prisioneros, en vidas rutinarias y vacías.

Y sin embargo, debajo de mil capas de grises y destempladas realidades subyace, cálida y vital, la Promesa Original que este mismo valle nos promete, como ofrenda de una Pachamama esperanzada.

Un atisbo de mañana, parece crepitar en el hogar recién encendido; las llamas danzan con sensualidad, invitándome a una intimidad que añoro, mientras afuera, una lluvia pertinaz, llegó para quedarse. El aroma a café insiste en vencer el desamparo y se empeña, testarudo, en inundar la habitación de paz y de sosiego.

Vacilante y temeroso, busco urgente el cobijo de rincones penumbrosos y me pierdo en páginas amarillentas de algún libro que, desde hace años, me espera.

Las horas, indiferentes, pasan lentas y la promesa de una noche, profunda y oscura, me alienta: llegará la luna, con su séquito de estrellas, y recortará, nítidas siluetas en el horizonte; será mi compañera en las horas más aciagas y se llevará mis miedos al despuntar el alba.

Y será recién entonces, cuando se reinicie el ciclo, que vuelva a creer en los destinos que confluyen, en la magia que convoca y en las astillas que se encienden para toda la vida; creeré otra vez, en los milagros cotidianos, que ni los percibimos de tan extraños; en el hilo rojo que nos une y en las distancias que, soberbios e ignorantes, inventamos.

Y es en esta nueva mañana, recién inventada, que atesoro, quizás, mi mayor certeza: si alguna vez debo rescatar apenas un puñado de recuerdos, para el resto de mi vida -acaso inmortal- dejando el resto perderse en oscuras lejanías, no dudes un instante: todos ellos tendrán que ver contigo.

Todo es para siempre y nada es definitivo: tal es el profundo arcano de éste, mi lugar en el mundo.

Sobre el autorJosé Pablo López, 56 años, Dr. en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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