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La codicia puede arruinar el destino de una persona

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Hay una leyenda sobre un pintor famoso. Quería que el Buda y los demonios fueran los temas de sus pinturas, pero como no sabía cómo eran, ni podía imaginar cómo lucían; se puso muy ansioso.

Un día, por casualidad, se encontró con un monje. El carácter y la personalidad del monje conmovió profundamente al artista.

El pintor, por lo tanto, le prometió al monje mucho dinero por ser el modelo para su pintura.

Poco después, el pintor completó su pintura del Buda. Se convirtió en una sensación en la comunidad local.

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El pintor exclamó:

“Este es el cuadro más satisfactorio que he hecho. La persona que fue modelo del cuadro tiene una mirada clara y serena, que puede tocar los sentimientos de la gente haciéndoles creer que es un Buda”.

El pintor cumplió su promesa y le pagó mucho dinero al monje.

El pintor le pagó al monje mucho dinero para ser el modelo de su pintura del Buda. (Imagen: vía pixabay / CC0 1.0 )

 

Después de un tiempo, el pintor quiso pintar un cuadro de un demonio. Esto se convirtió de nuevo en un problema.

¿Dónde podía encontrar la forma original de un demonio para tomarlo como modelo?

Encontró un montón de gente de aspecto feroz, pero ninguno de ellos se ajustaba a los criterios. En la vida real era muy difícil encontrar una persona con la apariencia de un demonio.

Eventualmente, en la prisión encontró uno. El pintor estaba muy contento.

Cuando estaba cara a cara con el prisionero, repentinamente éste estalló en lágrimas frente a él. El prisionero dijo:

“¿Por qué me búscate cuando querías pintar el cuadro de un Buda y ahora, cuando quieres pintar la imagen de un demonio, vienes a buscarme otra vez…?”

El pintor se sorprendió y miró más de cerca al prisionero. Luego dijo:

“¿Cómo puede ser posible? La persona que pinté como Buda tenía una personalidad extraordinaria, pero tú pareces un demonio puro. ¿Cómo puedes ser la misma persona?”

El pintor se sorprendió cuando reconoció que el prisionero era en realidad el monje que había pintado.

 

El prisionero dijo tristemente:

“¡Fuiste tú quien me cambió de un Buda a un demonio! Como recibí tanto dinero de ti, pasé mucho tiempo divirtiéndome y realizando actos inmorales.

Después de gastar todo el dinero, ya no podía controlar mis deseos, así que robé y maté a gente. Por dinero, cometí todo tipo de malas acciones y el resultado es lo que soy hoy”.

El pintor se llenó de dolor después de escuchar la desgracia del prisionero.

Se maravilló de cómo la naturaleza humana puede cambiar tan rápido debido a los deseos y cómo los humanos pueden ser tan frágiles.

Sintiendo remordimiento, tiró sus pinturas y pinceles. Desde ese día, nunca volvió a pintar.

Traducido por Chua BC y editado por Michael Segarty

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