La morbosidad de las ejecuciones públicas – Parte 1 - Vision-Times-en-Español
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La morbosidad de las ejecuciones públicas – Parte 1

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Por Lin Baogong

Un testimonio único y revelador sobre los momentos más controvertidos de la Revolución Cultural en China

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Ejecuciones públicas en la Revolución cultural de Mao. (taringa.net)

Fue en 1946, cuando siendo un niño, tuve mi primera experiencia presenciando una ejecución. Entonces el régimen comunista había escogido el jardín “Daowai” para llevar a cabo las ejecuciones. El jardín era una pequeña atracción donde el público podía ver monos, osos negros, tigres; también había un tobogán y hamacas para jugar. Después de la primavera, el lugar se llenaba de visitantes que disfrutaban de las flores y los animales.

Era inconcebible que un lugar tan hermoso y tranquilo, en el cual yo había disfrutado tantas veces, se haya convertido en un campo público de asesinatos. Las ejecuciones eran a intervalos de 8 a 10 días. Los residentes estaban tan aterrorizados que no se atrevían a caminar en los alrededores, de día o de noche.

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Dentro del jardín había frases como: ‘Verificación de identidad’, ’atado y listo para el campo de ejecución’, y ‘sumario de ejecución’. Yo era muy joven para entender las palabras escritas en los carteles dentro del jardín, pero sabía que las marcas rojas en los carteles provocaban terror. En ese entonces jugábamos un juego de niños llamado ‘ejecución’, donde había dos grupos. Cuando se capturaba un ‘agente secreto’ que sería ejecutado, se acompañaba la captura gritando fuerte ciertas expresiones de los carteles, ya que los ‘agentes secretos’ eran considerados como ‘contra-revolucionarios’. Si la falsa ejecución del ‘agente’ no se veía suficientemente real, se repetían los tiros. Mirando atrás, estos juegos son inimaginables. ¿Debería atribuirlos a nuestro estado mental de niños o a otra cosa?

Fue en un día muy frío a fines del otoño cuando presencié por primera vez en mi vida una ejecución. Cuatro o cinco condenados, todos atados, caminaban en frente de una procesión. Dos de los más viejos intercambiaron susurros. Uno de ellos estaba vestido con una toga y el otro vestía un caro sobretodo con cuello de piel de zorro. Un hombre joven, de unos veinte años, caminaba cerca de la acera. Su aspecto era el de un estudiante universitario, llevaba una gorra de estudiante con el emblema de una universidad tecnológica y un saco grueso negro de algodón, al estilo soviético.

Los miembros de la escuadra de la muerte caminaban detrás, cada uno con una pistola brillante en la mano. Ciegamente seguí al joven por unos doce metros en el camino. Clavé la mirada en sus ojos, en su pálido rostro, vacío sin expresión alguna. Me pareció que se preguntaba por su destino. No parecía tener idea de lo que le iba a ocurrir. Tampoco yo sabía que él estaba por ser ejecutado, o que se le iba a disparar a morir. Otro joven de similar edad lo seguía. La diferencia entre los dos, era que el primer joven estaba atado fuertemente, y el que lo seguía sostenía una brillante pistola. Detrás de cada uno de los prisioneros atados había un hombre enojado e irritado. La razón por la cual estaban tan enojados escapa mi conocimiento. ¿Iban realmente a matar a estas personas?

Más atrás venían las masas gritando frases y ondeando banderas de papel. Su jefe era tan enérgico que su voz era casi un grito. Sostenía su bandera más alto que el resto. Lo que él hacía era imitado por la gente a su alrededor. Sin embargo la gente que iba rezagada más atrás, no gritaba tanto en respuesta a los ondeos de las banderas. Algunos fingían una postura, pero en realidad bajaban sus cabezas cuando levantaban las banderas y sus voces eran débiles. Aparte de la organizada procesión había muchos residentes en el lugar, niños y adultos, quienes miraban la ejecución por entretenimiento.

Mientras me escabullía entre la gente, escuché disparos desde dentro del jardín. Al escuchar esto, los hombres y niños más grandes se apuraron en ser los primeros en ver a los muertos. Cuando de a poco me abrí paso, mis vista se encontró con los cadáveres. El joven que parecía ser un universitario estaba tirado boca abajo, cerca de la entrada del jardín, en un charco de sangre que salía de su cabeza. Su gorra ya no estaba ahí.

Entre los espectadores estaba el hijo único del dueño de la casa donde vivíamos, conocido como “gordito”, que era 3 o 4 años mayor que yo. También vi al guardia de nuestro complejo que trabajaba de noche y que tendría unos 30 años. Siempre soltero, trabajaba vigilando más de 30 casas y apenas sobrevivía con lo poco que podíamos juntar para pagarle. Hay que darle crédito en que nunca falló en abrir el portón del complejo para los que llegaban tarde en las noches de invierno, sin importar la lluvia, nieve o temperaturas bajo cero. Aparte, como no se disponía de agua potable se lo había empleado también para que repartiera agua a muchas casas, especialmente a aquellos que vivían en la planta alta. La demanda era bastante severa en el invierno.

El campo de ejecución se llenó de un enjambre de mirones, como si fuera una diversión en una feria, excepto por el horrible ambiente y las expresiones en los rostros de la gente. Unos minutos más tarde, llegó una mujer mayor con una calabaza grande en la mano izquierda y otra pequeña en la derecha. Con ambas manos manchadas de sangre fresca, les pedió con voz ronca a la gente que estaba allí parada: “¿Puede alguien ayudarme a darlo vuelta [al cadáver]?”  Ciertamente, un valiente hombre se ofreció a cumplir su pedido. Era el guardia nocturno que había visto antes. Yo me pregunté por qué se había metido en ese asunto y si después de esto alguien lo contrataría otra vez en el futuro. Luego vi un agujero grande en el ojo derecho del estudiante universitario que estaba muerto. La parte del cuero cabelludo y la carne en esa parte no estaban, yo pensé que quizá estarían debajo de los zapatos del guardia. La mujer empezó a recoger el cerebro con la calabaza pequeña y los vertía en la grande de la misma manera que uno vierte salsa en un plato de fideos. Cuando se le preguntó por qué hacía eso, ella dijo: “mi hijo se volvió loco de terror al ver una ejecución la última vez. Me dijeron que había una cura para eso, beber una sopa hecha de polvo de cerebros humanos disecados”. Sus palabras me impresionaron tanto que nunca en mi vida las olvidaré.

Escenas terribles

Por alguna razón, ese evento se convirtió en el tema de conversación en la reunión de estudiantes en mi pueblo en 1993. Me sorprendió mucho saber que el Sr. Li Huaiming también presenció la terrible escena. “¿Tú estabas allí también?”, le pregunté. “Sí. Muchos de los de nuestro complejo habían ido a ver, los niños también”. Él agregó: “En ese tiempo el jardín de la calle 20 se había convertido en un campo de ejecución. La gente estaba aterrorizada hasta de caminar por las calles a plena luz del día”.

Me dijeron que ese guardia del turno noche se manchó de sangre en sus dedos por voltear el cadáver y se estaba preguntando dónde limpiarse la sangre, cuando el ‘gordito’, el hijo del dueño de mi casa, puso su cabeza cerca de él. El guardia simplemente pasó sus dedos en la cara del gordito dejando dos líneas de sangre color escarlata que iban de la oreja al mentón. Él seguramente pensó que era gracioso, pero fue muy lejos con la broma. En un segundo el niño se puso pálido y corrió a su casa. Por suerte yo no estaba allí, si no me hubiera tocado también la limpieza en medio de gritos y llantos de terror. Esa fue mi primera experiencia viendo una brutal ejecución en donde había un jardín. Subsecuentemente el miedo no me dejaba dormir y si finalmente me dormía, me despertaba por las pesadillas.

Después de ver muchos ejecuciones me volví insensible, estaba adormecido, no sentía más temor, sólo una vacía empatía por el llanto de las esposas y los niños del fallecido al lado del muerto a quien estaban recogiendo. “Él perdió a su padre” me decía a mi mismo, cuando veía a un niño de edad parecida a la mía, quejándose y llorando al lado del cuerpo sin vida. Yo me preguntaba: ¿Qué crimen habrá cometido el padre? Cuando era niño me conmocionaba profundamente el horror en el campo de ejecución, pero eso resultó ser nada en comparación con la atmósfera en el lugar de ejecución de Zhang Zhixin, cuando fue fusilado durante la Revolución Cultural.

¿Por qué la compasión humana se pierde en la insensibilidad? Este es el asunto que más vale la pena estudiar. Yo agradecería si alguien de la generación más joven tomara este asunto como tema de investigación. La última mitad de la centuria fue testigo de grandes movimientos políticos, que se desarrollaron cada veinte años, hasta que las masacres sucedieron y la intimidación del pueblo se volvía cosa común. Fue como si hubieran soltado al demonio para que torturara a la gente de naturaleza buena.

Fue a fines de marzo o comienzos de abril, la temporada en que los días son tibios y las noches son muy frías, cuando unos pocos ejecutados muertos volvieron a la vida. Sin embargo, otra vez … Siempre fui perseguido por las terribles imágenes de estos incidentes, tanto que todavía a menudo me despierto con pesadillas. Fue entonces cuando vi un anciano muerto, tirado al lado de una pileta de cemento de unos 50 cm de profundidad y a unos 20 o 30 metros dentro de la entrada al jardín. No le habían disparado en la cabeza y casi no había rastros de sangre. Después que los verdugos salieron del jardín, los curiosos se atropellaban para entrar a través de un agujero en la casi demolida cerca de madera hecha de tablas de unos 10 cm. por 2 m. en intervalos de 10 cm.  La gente podía ver hacia dentro del jardín a través de las tablas.

Mientras la muchedumbre se acercaba para ver los muertos, un hombre de unos treinta años saltó entre la multitud y caminó directamente hacia el cadáver. Con unos rápidos movimientos, le sacó la ropa al muerto. Aparte de la primera ejecución, donde los muertos tuvieron la suerte de estar vestidos, en las demás ocasiones vi a hombres apurarse hasta los muertos para desvestirlos, mientras que los niños intentaban alcanzarlos. Los muertos estaban completamente expuestos, como visitantes desnudos en baños públicos que todavía mantenían una toalla para cubrir sus partes privadas. En esta ocasión, el saqueo fue completo como de costumbre, sin ninguna vergüenza, también le quitó los calzoncillos y las medias, además del resto de la vestimenta al anciano muerto. Después, de pronto, el hombre que se creía muerto, de una sacudida se sentó, quizá debido al terrible frío. Los curiosos estaban aterrorizados y no se lo esperaban.

El saqueador se paró a su lado con el botín en sus hombros, cuando el viejo, desnudo como si estuviera en un baño público se arrodilló y suplicó: “no me maten, no me maten, por favor, por favor”. Él tomó los pantalones de lana color crema de su saqueador y repitió las palabras lastimosamente. ¿Quería él tan sólo sus pantalones o toda su ropa? Entonces el saqueador le echó una mirada de enojo, y lo pateó hasta que lo hizo caer. Cuando el viejo soltó la ropa, el saqueador se escapó. En la conmoción, escuché a alguien decir “Esas ropas pueden traer gran fortuna”. Para ese entonces el viejo seguía haciendo reverencias saludando con las manos juntas y bajando la cabeza a todos alrededor. Esto nos desconcertó a todos los que estábamos allí. Yo no entendía qué pasaba por su mente. Estaba muy cerca de él, a menos de cinco metros, lo veía claramente – muy delgado, pálido y sus labios temblaban y estaban azules del frío. Creo que el miedo y el frío lo hacían temblar todo el tiempo. Después, alguien en la muchedumbre dijo: “De todos modos él ya está condenado. No lo dejen sufrir más”. Rápidamente la muchedumbre juntó palos y ladrillos. Lo apedrearon y apalearon hasta que dio su último respiro. Yo me mantuve a distancia estupefacto, mirando mientras apretaba las mandíbulas para no temblar. Otros muchachos más grandes lo golpearon en la ingle con palos, ladrillos y piedras en la misma manera. Sus testículos estaban color púrpura y se hincharon al tamaño de un melón y se hubiera hecho tan grande como del tamaño de su cabeza si el ataque hubiera continuado. Algunos de los curiosos se rieron, pero la mayoría permanecieron nerviosos y en silencio.

Yo era un niño tímido, pero observé todo el proceso con mucha atención del principio al final. No sé por qué. Puede que sea por que no tenía el coraje de ir a casa solo… ¿Porqué debía seguir a la procesión de ejecución cada vez que la veía …?  Hasta me lamentaba perder la oportunidad por estar en la escuela. Una vez escuché la historia de cómo fueron tratados los contra revolucionarios Li Jiupeng y Yao Xijiu. Antes de ser fusilados, fueron atados a un árbol y le dieron latigazos con unas cintas de cuero hasta que sus verdugos sintieron que su enojo había sido aplacado. ¿Por qué observábamos las escenas con tanta atención a pesar de tener tanto miedo? Escapa mi entendimiento. Ahora, mirando atrás, yo creo que mi mente no era normal en ese momento, ni tampoco lo era la de los curiosos. El escalofriante ambiente puede que haya fomentado el crecimiento de odio, reforzado por cada movimiento político de venganza y violencia que eventualmente causa que la gente pierda su naturaleza humana.

Pero nunca participé en ninguna persecución. Con la ‘mala’ reputación de mi familia, todo el tiempo me preocupaba por cosas tan pequeñas como que las hojas de los árboles caigan sobre mí. ¿Cómo podría yo lastimar a alguien? Aún más, a mi no me dieron ninguna autoridad para actuar, en realidad yo mismo fui el blanco en cada campaña política. Recuerdo las palabras que escribí en una carta a un amigo: “Mis padres no me dejaron ningún patrimonio o posesiones de la cual estar orgulloso, pero lo que me dejaron es un corazón de oro, un temperamento flexible, y un par de manos capaces”. Agradezco a Dios que me ha dado amor verdadero y una inmensa fuerza. Pude sobrevivir. Dios también me enseña a tratar a otros seres humanos con amor.

¿Quién robó las ropas del muerto? Oí que las familias podían disponer de los restos de sus seres queridos después de ser fusilados. Pero si el ejecutado no tenía familia, las autoridades arrojaban el cadáver en los sitios de entierro común cerca del lugar donde se acumula la basura, conocido como ‘área sin cónsul administrativo’ o ‘jian ba wai’, ‘quan he’. El sitio de entierro común estaba bajo el dominio de perros salvajes y cuervos que se alimentaban de los cadáveres. Muchas veces los que buscan harapos han visto a los perros peleando por la carne humana y el ganador escapando con un brazo o pierna en la boca.

Según el rumor, así es como el robo de ropa comenzó. Al principio los ladrones no eran tan desvergonzados y robaban la ropa silenciosamente en el lugar donde se los enterraban masivamente. Nadie sabía exactamente quiénes eran los ladrones –algunos decían que eran los mendigos y otros creían que había más gente involucrada. ¿Por qué ninguno se atrevía a desnudar a los muertos al comienzo en el campo de ejecución? Es difícil decir con seguridad, pero puede que haya muchas razones. En primer lugar, la gente prefiere morir en la pobreza antes que tener que comportarse de esa manera. Segundo, sería vergonzoso si el ladrón fuera identificado por aquellos quienes conocían al ejecutado. ¿Quién querría terminar asociado con ese hecho? En tercer lugar, la ropa del cadáver valdría mucho más que los harapos recolectados después de varios días.

Se dice que los que recogen harapos discutieron la cuestión, antes de aventurarse al lugar de sepultura masiva en grupos, para darse coraje unos a otros. Después de todo, el lugar era muy salvaje para que un solo individuo lo visitara, sin mencionar que había perros salvajes hambrientos dando vueltas cazando todo el tiempo. Requirió aún más coraje quitarles las ropas a los cadáveres rígidos. Además las ropas eran una gran tentación. A veces daba mucha lástima ver a los perros romper la ropa, así que era mejor ir allí temprano, por lo que dice el dicho: ‘siempre habrá alguien más temprano que tú’.

Estas consideraciones deben haber precipitado el apuro de quitarle las ropas a los muertos en una etapa más temprana. Se dejó de asaltar el lugar de sepultura y entonces los asaltantes esperaban en el campo de ejecución. Aún más, era más fácil sacarles la ropas a los cuerpos cuando estaban aún calientes. Alguien dijo en broma que si se permitiera, sería mejor desnudar a los prisioneros antes de la ejecución. En realidad escuché a un no saqueador decir algo como: “es mejor sacarles la ropa primero, para evitar las manchas de sangre”. Creo que debe haber sido exactamente eso lo que estaba en la mente de los saqueadores. Lamenté mi degeneración, mi corazón palpitaba con dolor. Debe ser de mal augurio comprar ropas en la feria y vestirse con ellas.

Lea la segunda parte aquí.

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