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Mi vida entre la Ñ y la Z

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Por José Pablo López

Esta mañana, apenas me desperté, me sentí muy Ñ y como empezó a dolerme la uña del dedo meñique, me lo envolví en un pañuelo, mientras corría al baño con el ceño fruncido.

Por suerte, el pánico duró poco, porque apenas me vi en el espejo, había perdido la virgulilla y me empezaba a sentir muy orondo, y casi me hubiera transformado, sin media tintas, en una O redondísima y orgullosa.

Si, casi sin darme cuenta, empecé a caer en cuenta, que más que letra, hoy era un día muy de verbos tomar. Ahí nomás espabilar, desayunar y salir de casa, fue un movimiento contínuo que, para no cesar ni perecer en el intento, le siguió correr, subir al colectivo, viajar y descender, sin pausar, ni hesitar.

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Ya me estaba cansando de tanto ir y venir cuando, al llegar a mi oficina, me estaba esperando Juan, el portero, para informarme que no me permitiría entrar a menos que sustantivase, apropiadamente, mi presencia.

Sin ánimo de discutir, me parapeté en mi completo onomástico, y a partir de ese momento y durante mi horario de oficina, sería Sebastián Rigoberto González Cané y no aceptaría nada menos, ¡por favor!.

De subida saludé a Cynthia Catalina Eduvigues Morán, hice alguna broma con el ordenanza, perdón, con Juan Esteban Albarracín, y por suerte, estaba cerrada la puerta del despacho de mi jefe, el Dr. Jacinto Julián Jeréz Jiménez, así que me ahorré un saludo, una disculpa, y treinta y seis excusas.

Estaba en esos pensamientos cuando, apenas me senté en mi escritorio, sonó el teléfono, y tuve mi primer momento difícil del día.

Era el contador que me solicitaba (por usar una palabra amable) el informe, que desde hace una semana, le debía. Tomé un montón de papeles y corrí a su oficina, pasaron las siguientes dos horas y cuarenta y tres minutos, transformado en un dígito que, por lo raro que se sentía, debió haber sido un número primo.

Planillas con siete columnas y casi infinitas filas, infestadas de números, comas y decimales, se arremolinaban y se mezclaban, en el segundo que les quitaba la mirada.

Por suerte llegó la hora del almuerzo, en la que me encuentro con Sofía, y solo prevalecen los adjetivos y reinan las metáforas.

Nos sentamos en el añoso banco  de la plaza tranquila y colorida; mientras los minutos corrían, apurados y mezquinos, trataba de abarrotarme los sentidos de aquella presencia que me regalaba vida: eran sus ojos como amaneceres claros, que corrían el velo de una noche de letargo y  agonía, sus sonrisas eran pinceladas y su escote, una invitación al abismo.

El resto de la tarde, como de costumbre, fui presa fácil de los adverbios, yendo de aquí para allá, sin lugar para un tal vez o un quizás, pareciera que nunca es bastante, que todo es ahora, como si no existiese un mañana.

De todos modos, para bien o para mal, se hizo la hora de volver a casa, donde podría darle rienda suelta a mi forma más pronominal, con la que me siento yo mismo.

Me compré un sanguchito de pasada y lo llevé conmigo, pensando que con él sería bastante, aunque, sopesándolo, me parecía poco.

Al fin y al cabo era mío,  y sin que nadie me pudiera contradecir, cual dueño y señor de mis dominios, engullí aquel capricho compensatorio tardío, y me metí en la cama contigo.

Con la cabeza en la almohada, cansado de tanto ajetreo, aún tuve tiempo para meditar en lo bueno de ese día, en que me desperté como Ñ y me dormí con una prolongada Z.

 

Sobre el autorJosé Pablo López, 56 años, Dr. en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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2 Comments

  1. Para cuando una ola de bipolaridad que en lugar de levantarnos solo K o M nos levantemos AR ?
    Muy bueno el relato!

  2. Hola Juan, muchas gracias por dejarnos tus comentarios, nos alegra que hayas disfrutado de la historia.

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