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Culturarte, Esperanza

RUFUS Cap. 2: “El tesoro del sembrador”

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Por José Pablo López

Las fecundas praderas de Monser, en el límite occidental del condado de las Tierras Bajas, eran las principales productoras de grano de todo el hemisferio boreal, generando las riquezas genuinas que hacían de Rizmuz, el más poderoso reino del continente.

Miles de parcelas se extendían armónicamente desordenadas, desde las Montañas Doradas, cuna de soles y dioses, hasta el Mar Exterior, devorador de estrellas y fecundo engendrador de piratas, que asolaban la región esporádicamente, en busca de alimento y esclavos, lo que obligaba a los colonos a huir a las montañas o al fuerte, que se alzaba en la ensenada.

En uno de aquellos terrenos vivían Rufus y Naleeh, una pareja de jóvenes y fuertes trabajadores, que sembraban incansablemente cebada y trigo en los campos de día, e hilaban sueños en la tibieza de su lecho, cada noche. Vivían ensimismados en su labor y miraban cada uno por los ojos del otro.

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Rufus, un gigante con músculos fuertes, delineados por horas de férrea labor en el sembradío, había sido tentado en varias ocasiones por el ejército que estaba siempre al pendiente de incorporar reclutas que prefirieran un empleo mejor pagado y reconocido, pero más solitario y gris, como soldado de frontera.

El sembrador tenía otros planes para sus días presentes y futuros, los primeros olían a hogar, donde se confundían los aromas de caldo caliente, pan amasado y cera consumida, con el perfume a lavanda que parecía nacer de la fresca piel de su mujer: nada en el mundo valía más que la hermosa desnudez que recompensaba con creces, su pobre salario; los días futuros, por otro lado, estaban habitados por risas de niños, que a horcajadas de juegos y saltos, se convertirían, con el paso de los años, en personas de bien y felices, que hincharían de orgullo el corazón ya avejentado de sus padres.

Naleeh era la mujer más hermosa que hubieran visto los hombres del lugar; sus ojos claros y sus largos cabellos rubios, adornaban una figura contorneada que, sin ser delgada, armonizaba en movimientos delicados y etéreos; su voz  dulce y cantarina y su corazón amable y afectuoso, hacían de ella la más popular de las campesinas. Enamorada de su esposo, compartía anhelos y desvelos: necesitaba casi nada para levantarse feliz cada mañana y acostarse satisfecha, cada noche.

Las horas marcaban al ritmo laborioso de las cosechas y los días recortaban incansablemente el almanaque. Las constelaciones transitaban en el firmamento, señalando la alternancia de las estaciones, y las bendiciones de cada Año Nuevo, renovaban las esperanzas y sepultaban las disputas. Nada parecía poder alterar el orden y la tranquilidad con que la amable cotidianeidad, discurría en la comarca.

Y, sin embargo, nada es para siempre y la felicidad concreta de hoy alimenta, indefectiblemente, padecimientos de un mañana incierto: bastaba solamente con que  algún dios menor, arbitrario como todos los dioses e intolerante como todo segundón, mirara  en esta dirección y decidiera, caprichosamente, que debía compensar con dolor tanta felicidad a cuenta.

Así, un día nefasto, que se recordaría para siempre como el Día del sol negro, ese futuro amigable y cálido se hizo añicos al son de los cuernos de guerra, que los piratas hicieron sonar al despuntar el alba y sólo callaron cuando los campos estuvieron teñidos de sangre, arrasados y quemados de raíz, cuando los hombres fueron asesinados o esclavizados y las mujeres ultrajadas y abandonadas como desperdicio.

Al grito de ¡Melquíades vive! llegaron y, embriagados de alcohol y locura, regresaron, al cabo de tres días a sus barcos que los esperaban para cargar trigo y esclavos, que les aseguraban un invierno acomodado en una de las Islas Prohibidas, al abrigo del frío y de la justicia. De nada sirvieron los soldados del fuerte que, superados en número, decisión y ferocidad, apenas consiguieron ofrendar su vida por su rey y sus familias, vidas que fueron segadas con la velocidad de un rayo y la violencia del trueno.

Rufus fue su prisionero más valioso, con su contextura y fortaleza sería vendido a un precio varias veces superior a la media y aunque se llevó la vida de varios piratas, finalmente fue reducido y alejado de su hermosa y tan amada esposa, su único tesoro. Naleeh, cuya belleza la preservó de las violaciones masivas, fue reclamada por el jefe de los bárbaros, quien reconoció el gran valor de aquella mujer, “una perla en medio del estiércol” fueron sus palabras.

Aquella mañana Rufus y Naleeh compartían el que sería su último desayuno, ajeno al destino aciago que les esperaba en apenas unas pocas horas conversaban despreocupados acerca de la espesa niebla que se había instalado sobre el mar: no sería un buen día para los pescadores de Suram, definitivamente.

Ese diálogo se repetía, sin dudas, en cada una de las cabañas de la aldea: una mala temporada de pesca solía compensarse con una cosecha abundante y les tocaría a los campesinos compensar a los marineros: hoy por ti, mañana por mí, era el lema comunitario. Hasta ese momento nada más grave parecía cernirse en la apacible campiña y sin embargo…

De pronto Rufus y Naleeh, como el resto de los aldeanos, interrumpieron su desayuno por el estrépito funesto de acero contra acero. En el fuerte, en la cabecera de la playa, se estaba librando una desigual batalla decidida de antemano por aquel dios que, seguramente, estaría aplaudiendo entusiasmado.

Cuando los soldados quisieron reaccionar fue demasiado tarde: la niebla había impedido alertar su llegada a los vigías de las torretas y el resto del ejército fue masacrado prácticamente sin las botas puestas. Y luego, la aldea entera siguió la misma e infausta suerte. Rufus y Naleeh fueron subidos a distintas naos, con destinos diferentes y con el paso de los días les fue ganando la certeza que ya no volverían a verse en esta vida.

La certeza se fue transformando en resignación a medida que los días pasaban y las tormentosas leguas marinas se convirtieron en interminables caminos en el interior de algún continente desconocido y hostil.

Rufus fue esclavizado durante cinco años en una hacienda de Musmus, cuyos amos pertenecían a una extraña raza de hombres platinados y correosos que hablaban en un idioma sin vocales, inentendible para el sembrador, que no pasaba un solo día sin recibir un duro castigo, tal vez por no aprender su nuevo oficio o quizás por pura diversión de sus amos; tampoco pasaba ni una sola noche sin soñar con Naleeh, consumiéndose en el agrio veneno de la impotencia y sujetando fuertemente su medalla de compromiso: último cabo que lo mantenía unido a la cordura.

Luego, aparentemente al agotar su suerte como divertimento de los hacendados, fue vendido como galeote, nuevo destino en el que no cesaron los castigos ni los insomnios durante  tres largos y duros años, bronceando y curtiendo su piel bajo los soles salados e impenitentes mientras su corazón se endurecía al ritmo del tam-tam que marcaba el movimiento de los desdichados.

Finalmente fue subastado en un puerto que se alzaba en algún lugar de un mundo que ya carecía de sentido para quien había perdido toda esperanza y se balanceaba peligrosamente en la delgada línea que separaba la cordura de la locura. Comenzaron los años más difíciles en la vida de Rufus, los azotes mutaron a más horas de pico y pala en los inhóspitos campos de sal y el cansancio extremo transformaba las noches volviéndolas más cortas y menos reparadoras, pero lo peor era que le robaban sus horas con Naleeh, con el recuerdo de Naleeh, con el recuerdo de tu único tesoro; cada vez tenía menos fuerzas para aferrarse a la medalla y a la misma vida.

Sin embargo, la misma vida suele desenredar inesperadamente y de una manera increíblemente simple los nudos que fue trenzando paciente e indolentemente durante años: una revuelta de esclavos de los campos de sal, una huida con algo de suerte y la determinación de volver a creer, dieron finalmente sus frutos y Rufus terminó su décimo año de esclavitud en la lejana y majestuosa Aretha.

La llamaban la ciudad de los minaretes de oro y era realmente una obra de arte, en cuyas callejuelas angostas y coloridas pululaba una extraña raza de seres bajos, de tez blanquecina y gestos amables, que le abrieron sus puertas sin preguntas.

Rufus, con su gran porte, resultaba un gigante para los citadinos y gracias a su predisposición al trabajo duro, rápidamente progresó y encontró algo de calma y sosiego. Así el ex esclavo recuperó sus noches, sus sueños y sus fuerzas para volver a creer en la tibieza de una piel que continuaba percibiendo pegada a la suya; poco a poco volvía a sentir la involuntaria pero pertinaz certeza de que volvería a disfrutar de su tesoro, que le fuera arrebatado violentamente hacia tanto tiempo y cuyo recuerdo se tornaba cada vez más vívido y cercano.

En algún otro rincón del mundo Naleeh había recalado y, ajena a las desventuras de su esposo, tejía las suyas propias y si bien se mantuvo lejos del látigo y maltrato físico, fueron otras sus penurias y los colores de su dolor. La misma cara de la moneda había caído para ambos, aunque los tahúres y la geografía hayan sido tan diferentes.

Naleeh fue expuesta por su bárbaro captor en cada puerto y en noches donde el licor y el desenfreno corría sin medida, la Joya del Oeste era sometida a una sórdida puja en la que príncipes de los más diversos rincones del mundo conocido, ofrecían fortunas en joyas y monedas de oro para yacer con ella.

Y precisamente esas celebraciones llegaron a oídos de TurJan, el mayor jefe del temido clan de los Rei-Mel, quien excitado por las inquietantes noticias que llegaron a su corte no demoró en convocar a su palacio al pirata y su joya exquisita. La noche del encuentro pactado, TurJan quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de Naleeh que decidió que ella era la elegida.

“Llegará de tierras lejanas bella y mancillada la llave de la Era Dorada”

Así recitaba el salmo escrito en el granito de la piedra fundacional de su reino y que databa de épocas anteriores al abuelo de su abuelo, cuando una tribu nómade y maldita se había asentado en estas tierras bajas e inhóspitas. El tirano TurJan, opacado por la crueldad y salvajismo de sus ancestros anhelaba en secreto, ser amado y respetado por sus súbditos, a quienes, sin embargo, asolaba y esquilmaba.

En su mente, devastada por la codicia y obnubilada por la inseguridad de los mediocres soñaba con ser quien nunca podría ser, por destino y elección. En la llegada de Naleeh creyó advertir un guiño del destino y quizás lo fuera, pero en un sentido que no podía adivinar.

TurJan, como todo reyezuelo de gran poder pero escasa visión se apoyaba en la guía férrea y desalmada de Melquíades, el Mago Mayor del reino, quien le había sembrado la simiente de tal sueño descabellado. Y el pequeño tirano se dejó tentar, creyó en todos los vaticinios y ejecutó, a sus instancias, a todos los piratas a quienes había convidado en aquella noche de epifanía.

Antes del alba salieron generales en todas direcciones para segar la vida de todos aquellos que habían yacido con su prometida y dictó la pena de muerte para todo aquel que siquiera mencionara una palabra sobre el pasado de su prometida.

Así se diluirían todos los caminos que hubieran conducido a los orígenes de Naleeh y esperaba Melquíades, poder burlar los designios de los dioses que, seguramente estarían conspirando contra él.

Se decía que el Mago Superior del reino era, en realidad, un dios expulsado de la morada de los Dioses Hacedores a causa de su soberbia e insensibilidad; que el propio Patriarca lo había enviado a este mundo para que, con milenios de trabajo y sacrificio a sus espaldas, aprendiera a servir y agradecer.

Sin embargo, Melquíades sólo había conseguido alimentar su odio, resentimiento y sed de venganza: en ese plan llegó a las tierras olvidadas de hombres y deidades y esperó pacientemente a que una tribu de nómades, simples e ignorantes, acertara a pasar por el lugar.

Durante decenios los fue adoctrinando en una nueva religión que lo tenía a él como dios supremo y como sacerdote único e infalible; los convenció en mudar un futuro incierto por un presente próspero; les enseño a trabajar la tierra y más tarde en extraer Kardur, el mineral con propiedades mágicas, que trajo grandiosas riquezas al nuevo asentamiento y supremacía sin precedentes al mago expulsado. Así comenzaba el largo período de rumiar venganza y acopiar poder.

La vida de Naleeh cambió bruscamente: a partir de su primer día fue colmada por presentes dignos de una diosa; cada nuevo día TurJan la sorprendía con variedades infinitas de joyas, costosos vestidos con encajes de oro y plata y la renovada promesa de darle el tiempo necesario para que aceptara su destino de amante y esposa: no la tomaría contra su voluntad a pesar de su poder; no necesitaba una cortesana más, quería que lo amara, lo respetara y olvidara su pasado.

Sabía lo que quería y el tiempo era su aliado.

Naleeh se negaba sistemáticamente a aceptar cada muestra de afecto de su pretendiente, rechazaba cada regalo y hacía oídos sordos a las promesas de su poderoso enamorado. Naleeh seguía soñando con su amado Rufus y en lo más profundo de su corazón esperaba ansiosamente el reencuentro; aún conservaba la medalla de la promesa marital y no estaba dispuesta a renunciar a aquel hombre que siempre la buscaría.

Sin embargo, además de su belleza, también era una mujer inteligente y pragmática; pronto comprendió que de nada serviría comportarse como una tigresa arisca que, tarde o temprano, se ganaría el desprecio de un amante despechado.

Así decidió que podría aparentar una promesa, mitigar el rechazo con la ilusión de una esperanza, intercambiar gestos de convivencia con su poderoso galán mientras ganaba tiempo para planificar una huida o esperar a Rufus. Entonces cambio de táctica y, cual Penélope o Sherezade, se hizo diestra en manipular a TurJan, aflojando y tensando intermitentemente la tensión entre ellos; cedía lo menos y evitaba lo más, esquivando diestramente vehementes arremetidas y castigaba el exceso con frías temporadas de indiferencia.

Los días se hicieron meses y los años se sucedieron unos tras otros, con TurJan cada vez más ansioso e impaciente pero fiel a su promesa y Naleeh seguía aferrada a su medalla y a la promesa de un amor ausente que retornaba eternamente.

En algún lugar del mundo, Rufus tuvo la misma certeza y simplemente tomó sus pocas pertenencias, entre ellas una espada que compró en una feria y por la que pagó un buen dinero, convencido por un vendedor lenguaraz sobre el origen divino del metal que le daba forma y se marchó sin despedirse.

Había despertado en medio de la noche con un sueño tan vívido que no pudiendo volver a conciliar el sueño, se puso en camino justo cuando el amanecer rompía el horizonte y aun la niebla nocturna reptaba por las callejuelas desoladas.

“Marcha al oeste y no te detengas hasta que escuches tu nombre”

…le había susurrado Naleeh y le inundó un aroma a caldo caliente, a pan amasado y a cera consumida que viraban, bajo la complicidad de las sombras, al imperecedero perfume de lavanda sobre aquella piel cálida, ansiosa y desnuda de su único tesoro.

José Pablo López
Doctor en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina; creador de GEOCAST,
canal de YouTube para la difusión de las Ciencias de la Tierra. Entusiasta escritor amateur en sus horas de ocio.
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