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“Rufus y el secreto de la piedra azul” – Cap. 3: “El charlatán, el mago y la pitonisa”

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“El charlatán, el mago y la pitonisa”

“Rufus y el secreto de la Piedra Azul”, es el nombre de este relato de 10 partes en los que acompañaremos a esta singular pareja en una épica aventura, en la que se ven envueltos mientras recorren un mundo extraño, para cumplir con un mandato que les fue encomendado por el Clan de Magos, del que depende nada menos que la Restauración del Equilibrio del Universo.

Por José Pablo López

En aquellos tiempos había quienes le atribuían a la Piedra Azul virtudes curativas y propiedades mágicas, las cuales habían permitido la proliferación de trotamundos charlatanes, que recorrían los tortuosos caminos, uniendo las altas montañas, y que se alzaban en los centros de los continentes, con las infinitas playas que lo contorneaban.

Visitaban, con sus carromatos colmados de elixires y promesas, cada una de las aldeas y poblados, que componían los numerosos enclaves humanos, asentados en la única y estrecha franja vital.

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Uno de esos charlatanes viajeros era Gran Munir, el escurridizo.

Un hombrecito regordete de ojos pequeños y vivaces, dueño de una bien ganada reputación de embustero, por la que tenía prohibido el ingreso a las ciudades más grandes y tumultuosas, debiendo contentarse con exhibir sus artes en pobres caseríos, alejados de las principales rutas de comercio.

En muchas ocasiones, sin embargo, acuciado por el hambre, tuvo que recurrir a disfraces y artimañas, para ingresar a las Grandes Ferias que se organizaban para las vendimias u otras festividades, en las capitales, de donde había nacido su bien ganado sobrenombre.

Una noche, como tantas otras, Munir marchaba a bordo de su carromato, soñoliento y mascullando por su mala suerte y esquiva fortuna, con su bolso tan vacío como su estómago, cuando, tras una de las innumerables lomas del camino, vio las débiles y parpadeantes luces de un caserío, que parecían hacerle guiños, prometiéndole su primera comida caliente en días.

Apuró el paso de las bestias y, casi instintivamente, se dirigió a un oscuro tugurio, que hacía las veces de bar y hostal. Entró escrutando, midiendo y sopesando, oportunidades de conseguirse una cena decente.

Unos pocos y rudos campesinos, alargaban las horas antes de regresar a sus destemplados y mustios hogares, no parecían buenos prospectos. Su ojo experto descubrió a una extraña pareja que cenaba en silencio y con aire ausente, en un rincón de la taberna.  El hombre, vestido enteramente de negro, y una mujer, cubierta con una capa roja.

Comían sin prisa, con movimientos suaves y medidos, ausentes y casi invisibles. Se presentó con una reverencia, mil veces ensayada, y sin esperar a ser invitado, se sentó a su mesa y, con grandes aspavientos, hizo que le sirvieran una suculenta cena y abundante vino.

El hombre de negro no se inmutó y ni siquiera le dedicó un pensamiento; sólo la mujer lo miró, de soslayo, durante un segundo, antes de bajar la vista, tímidamente, ignorando también su presencia. Lejos de sentirse incómodo, Munir no dejó de parlotear sobre todo tema que se le viniera a la cabeza, mientras daba cuenta de la cazuela que no demoró en desaparecer de su plato, y del vino que parecía evaporarse de su copa.

También puedo ofrecerles, al precio de una ganga por haber sido tan generosos, esta extraordinaria piedra mágica

dijo Munir, mientras desenvolvía, con teatral suspenso, un pequeño trozo de la caliza azul.

Como si hubiera invocado un conjuro, apenas las flamas azules quedaron bajo la vista del mago, adquirieron un tono tan brillante y una actividad tan frenética, que toda la sala se iluminó súbitamente, las paredes ofrecían un espectáculo sorprendente y cada objeto de la sala parecía haber cobrado vida propia.

Un silencio atronador cayó pesadamente sobre los presentes y todas las miradas confluyeron en el trío, en el  que hasta ese instante, no habían reparado.

Rufus, instintivamente, cubrió el mármol azul que apenas podía sostener Munir, quién había empalidecido, como si estuviera frente a la misma parca. La mirada fría de Rufus se clavó en los ojos del ahora mudo charlatán, que no atinaba a articular palabra, y la mano enguantada del mago le agarró del abrigo, atrayéndolo hacia sí, mientras que alzó la otra mano y dibujó en el aire la Seña del Sueño y Olvido.

La estancia recobró la pálida luz y la calma previa, los paisanos siguieron concentrados en sus conversaciones, y el trío desapareció, sin que nadie recordara que habían estado allí. Unos platos vacíos y un par de monedas en la mesa, quizás llamaron la atención de la mesera, quien los recogió sin hacerse demasiadas preguntas.

– Soy Rufus, el Oscuro

dijo el mago mientras se alejaban de la aldea

y vas a llevarme al lugar de donde proviene esta roca

ordenó.

El tono no admitía réplica y así lo interpretó el mercader, que no puso ningún reparo. Munir reconoció el nombre y fue mucho más que terror lo que sintió en cada centímetro de su cuerpo fláccido y rollizo: fue algo más intenso y supo, en algún lugar de su ser, que su vida pendía de un hilo.

Una hora más tarde, el grupo se perdía en la oscuridad, con dirección a la montaña. Munir pasó el resto de la noche, mientras guiaba el carromato, recordando historias de Rufus, el Mago y de Saleh, su prometida, que viajaban por los siete mundos, cobrando deudas de almas y reparando injusticias que fueron forjadas más allá de los tiempos y que nunca prescribirían.

La esclavitud de los otrora orgullosos Tesalianos, devenidos en mustios pedreros esclavos, era una de ellas, quizás la más ignominiosa. Pero parecía que eso iba a cambiar. Parecía…

Doce noches viajaron casi sin intercambiar palabras, solo deteniéndose para ingerir algún alimento frío o para descansar brevemente.

Los sueños parecían esquivar al grupo, y las mañanas tardaban en acudir; el tiempo parecía provenir de un abismo, en el que el pasado se entrelazaba con el futuro, quitando consistencia a un presente, que se diluía en los reflejos de una luna, que los precedía.

La decimotercera noche los encontró en las inmediaciones de la cantera. Las tiendas cubrían casi todo el valle adyacente a la zona de explotación, pobremente iluminadas y sumergidas en un oprobioso silencio, que formaba parte del inexpresivo paisaje.

Rufus se separó de Saleh y Munir, se encaminó hacia la parte alta del terreno, desde donde podría observar, en las siguientes jornadas, el campamento y la cantera, registrar los movimientos de los esclavos y los guardias, registrar la dinámica del sitio, identificar a los líderes y establecer los Puntos de Magia, a los que recurría, a su debido tiempo.

Saleh se dirigió a la ciudad acompañada de Munir, convenientemente disfrazado. Ambos tenían un arduo trabajo por delante: serían los ojos y los oídos del mago.

Se establecerían en una fonda de los barrios bajos, donde bajo la cobertura que les proveía el carromato de mercader, ofrecerían sus servicios de adivinadora y sanador: Así, camuflados y gracias a los contactos del mercader, podrían tener acceso a información valiosa, a la vez que comenzarían a armar, pacientemente, una red de descontentos con el régimen y de malhechores, que vivían al margen de la ley y que llegarían, cuando llegue el momento, gracias a la magia de Rufus, a constituir un verdadero ejército revolucionario, que pondría fin a las injusticias que se habían enquistado, en este rincón del Universo.

Poco a poco las piezas empezaban a encajar y la Singularidad pronto daría lugar a nuevos destinos para hombres y naciones, que aún dormían ajenos a los acontecimientos que se cernían sobre ellos.

Un mago, una pitonisa y un charlatán, serían los instrumentos de poderes ocultos, que pugnaban por restituir la esperanza perdida y olvidada en los  corazones derrotados.

Nota:

En el relato “Lunas de Sangre” conocimos a Rufus y a Saleh, el mago y la pitonisa. A continuación te invitamos a releer o comenzar este viaje en el orden cronológico.

Capítulos:

  1. “El mago y la pitonisa”
  2. “La ciudad azul” 

Sobre el autorJosé Pablo López, 57 años, Dr. en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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