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Sobre caminos y escaleras

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Por José Pablo López

Leí por ahí, en algún libro de auto ayuda, que para algunos la vida es:

“Una infinita escalera… donde estarás con las personas que estén en tu mismo nivel… pero a veces tu escalarás al siguiente peldaño y tu compañero no, quedará detrás, esperando su momento de seguir escalando… y así la estructura se va acomodando y la vida avanzando…”

Pues, definitivamente no me gusta la idea de esa vida-escalera donde se trata de ascender y dejar atrás, como a un lastre, a quienes no estén a “nuestro nivel”, a quienes ya no nos sirven, a quienes ya no necesitamos.

Escalera me suena a escalones, a niveles, a estratos, a castas. No me gusta pensar una vida en la que unos queden arriba y otros abajo, aunque la realidad nos lo grite en la cara, aunque parezca que inevitable e invariablemente es así.

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Prefiero, quizás ingenuamente, imaginar una vida que es una larguísima ruta que, a lo largo de kilómetros y kilómetros se van sucediendo los más variados paisajes, extensos e inhóspitos desiertos en lo que sentimos desfallecer, salpicados cada tanto con vergeles que, como pequeños milagros, nos animan a seguir creyendo; exhuberantes selvas, en las que la abundancia nos abruma y los placeres nos retrasan.

Un camino con mil curvas y rectas interminables, en la que padeces frío, hambre y soledad, pero en el que también te encuentras con otros caminantes, variopintos como los paisajes, que te acompañan de a trechos.

Pero no son lastres ni basura para dejar atrás (o abajo). Son compañeros de ruta que te enseñan y enseñas; algunos son insoportables, antipáticos (pinches tiranos, diría Castaneda) pero con otros ríes, lloras, compartes tu pan y amas.

Algunos de ellos marcharán en silencio, tozudos y con la mirada fija en el horizonte, buscando quizás un destino que, estoy casi seguro, no existe en realidad; otros en cambio, se devorarán los colores, aromas y sabores que abundan a la vera del camino; disfrutarán de la lluvia inesperada y besarán como si no hubiera un mañana.

Y a veces, muchas veces, llegas a una encrucijada donde debes decidir separarte de ellos (no es obligatorio, intuyo).

Y lo haces con un dolor tan grande, en algunas ocasiones, que sientes que se te abre el pecho, que se aleja de vos una parte tuya, la parte más importante.

Pero sigues tu camino, donde más adelante te encontrarás con quien te acompañe otro trechito más…

Sí, amiga mía, definitivamente prefiero pensarme caminando que escalando; compartiendo, aprendiendo y disfrutando que superando, ascendiendo y descartando; prefiero imaginarme andando que llegando, derrochando besos que ahorrando lágrimas por habérmelos guardado.

Pero bue… puedo también estar equivocado.

Sobre el autor: José Pablo López, 56 años, Dr. en Geología, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, entusiasta difundidor de las Ciencias de la Tierra en ámbitos no académicos y escritor amateur en sus horas de ocio.

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